Almudena Lebrero, Psicóloga M22183
Hay palabras que usamos demasiado y, sin darnos cuenta, vaciamos de significado. “Bipolar” es una de ellas.
La escucho a menudo en consulta, pero también fuera: en conversaciones cotidianas, en redes, casi como una etiqueta rápida para describir a alguien cambiante, intenso o imprevisible. Y cada vez que aparece así, algo se desdibuja.
Porque el trastorno bipolar no va de eso.
No va de tener cambios de humor en un mismo día, ni de pasar de la risa al llanto, ni de ser especialmente emocional. No es una forma de ser. No es un rasgo de personalidad.
Y, sin embargo, muchas personas conviven con esa simplificación constante de algo que, en realidad, atraviesa de forma profunda su manera de estar en el mundo.
Cuando trabajo con personas con trastorno bipolar, lo que aparece no es “inestabilidad” sin más. Aparecen etapas muy distintas entre sí, con ritmos completamente diferentes.
Hay momentos en los que todo pesa. Levantarse cuesta, pensar cuesta, incluso sentir puede doler. La vida se vuelve más lenta, más densa, como si todo estuviera cubierto por una capa difícil de atravesar.
Y hay otros momentos en los que ocurre casi lo contrario. La mente se acelera, las ideas se encadenan, la energía aumenta, dormir parece secundario. A veces se vive con cierta euforia, otras con irritabilidad. Desde fuera puede parecer incluso positivo, pero no siempre lo es. Muchas veces deja consecuencias que luego hay que sostener.
«Sé lo que siento, pero no sé ponerle palabras» dicen
Entre unos estados y otros, hay algo que no siempre se ve: el esfuerzo constante por entender qué está pasando, por anticiparse, por encontrar cierto equilibrio.
Y ahí es donde la psicoterapia empieza a tener sentido.
No como una solución rápida, ni como una forma de “controlar” lo que ocurre, sino como un espacio donde poder poner palabras, ordenar la experiencia y empezar a reconocer patrones. Un lugar donde ir entendiendo señales, ritmos, límites. Y esto es clave.
A veces ese espacio es presencial, en consulta. Otras veces es online. Lo importante, más allá del formato, es que exista un acompañamiento real, sostenido, que se adapte a la persona.
También hay algo que suelo pensar a menudo: cuánto cambiaría la experiencia de muchas personas si el entorno supiera mirar de otra manera.
Porque hay frases que, aunque se dicen con buena intención, no ayudan. “Anímate”, “contrólate”, “no será para tanto”. Detrás de ellas hay desconocimiento, pero también una cierta dificultad para sostener lo que no se entiende.
Y es comprensible. Pero se puede aprender.
Escuchar sin juzgar, no simplificar, no tener miedo a lo que suena complejo. A veces, estar es suficiente. Estar de verdad.
Quizá por eso me parece importante seguir hablando de esto hoy en el día mundial del trastorno bipolar, 30 de marzo. Hablar de no desde lo técnico como profesional de la salud mental, sino desde lo humano.
Porque el trastorno bipolar no define a la persona, pero sí forma parte de su experiencia. Y entender esa experiencia, aunque sea un poco más, ya es una manera de acercarnos.
Y, en el fondo, de cuidar.
