Seguro que te ha pasado: llega el viernes, tienes el puente por delante y, en lugar de sentir alivio, sientes una especie de urgencia. Como si tuvieras que ‘ganarle’ al tiempo antes de que se acabe.
¿En qué momento descansar se volvió tan estresante?
Llega un puente y, paradójicamente, lo que asoma no es siempre el descanso, sino una especie de presión invisible. Es sutil, pero cala. Aparece en forma de imperativos:
“tengo que aprovecharlo”,
“son pocos días”,
“no puedo desperdiciarlo quedándome en casa”.
Casi sin darnos cuenta, el descanso se cuela en la lista de tareas pendientes. Empezamos a encajar planes, a cuadrar horarios y a buscar alternativas para sentir que el tiempo, de alguna forma, «rinde».
Pero, como bien sabemos, esto no es solo una cuestión de agenda. En el fondo, lo que asoma es la dificultad de parar.
¿Por qué parar a veces se siente con ansiedad?
A menudo, cuando bajamos las revoluciones, lo que emerge no es calma, sino una inquietud extraña, el peso del cansancio acumulado o pensamientos que el ruido del día a día mantenía a raya. Y sostener eso… bueno, eso no siempre es agradable.
Llenar el tiempo es, en realidad, una forma de regularnos. Mantenernos en movimiento nos da control y nos protege de ese espacio en blanco donde podrían aparecer cosas incómodas.
El problema es que, cuando todo está orquestado, aparece la autoexigencia. Y ocurre algo curioso: el descanso deja de serlo en el momento en que se convierte en una obligación. Si hay un plan que cumplir o un estándar de «bienestar» al que llegar, ya no estamos descansando; estamos rindiendo cuentas.
Aprender a estar en calma
Darnos permiso para improvisar no es falta de rumbo. Es, simplemente, dejar que el aire circule. Es no tenerlo todo decidido para poder preguntarnos, de verdad: “¿Qué necesito hoy?”. Y, sobre todo, tener la libertad de escuchar la respuesta sin prisas.
Descansar no es solo hacer cosas distintas; a veces es, sencillamente, dejar de hacer.
Es no optimizar.
Es renunciar a sacarle rendimiento a cada minuto.
Hay puentes que no necesitan ser memorables ni especiales. Solo necesitan ser propios.
Y permitirnos eso, aunque parezca lo más sencillo del mundo, es a veces nuestro mayor reto terapéutico.
Te invito a reflexionar …
¿De qué estamos intentando escapar cuando llenamos cada minuto de nuestras vacaciones?
¿Qué pasaría si, por un momento, te permitieras no ser productivo para nadie, ni siquiera para ti mismo?
Si sientes que la autoexigencia no te permite disfrutar de tu tiempo o que la ansiedad aparece en cuanto bajas el ritmo, puedo ayudarte. En mi consulta de psicología en Pozuelo de Alarcón, acompaño a personas que, como tú, sienten que parar les genera inquietud, ayudándoles a transformar esa tensión en una relación más amable y libre con su propio tiempo.
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