Acaríciame mamá !

“Toda persona tiene necesidad de ser tocada y reconocida por los demás” (James). Estas son, a la vez, necesidades biológicas y psicológicas a las que Berne llamaba “hambres”.me_claves_bb_3

Del mismo modo que el hambre o necesidad de alimento es saciada con comida, para subsanar la necesidad de estimulación es necesario, e incluso imprescindible, que la persona sea tocada y reconocida por los demás. A la unidad de contacto o reconocimiento la llamaremos, con Berne, “caricia” que se define como “cualquier acto que implique el reconocimiento de la presencia de otro” o dicho de otro modo, es cualquier estímulo social dirigido de un ser vivo a otro y que reconoce la existencia de este.

Es un hecho demostrado (Spitz 1956) que la privación sensorial en el niño puede

dar como resultado no sólo cambios psíquicos, sino también deterioro orgánico, lo que da imagen de la importancia que puede llegar a tener el entorno. Además, las formas más esenciales y efectivas de estímulo sensorial las proveen el contacto social y la intimidad física.

Cuando el feto se haya dentro del seno materno está en contacto íntimo y total con toda su superficie corporal. Al nacer se rompe de un modo brusco y para siempre esta profunda intimidad. A partir de ahí es el propio individuo el que habrá de luchar para buscar, de la mejor manera posible, aunque sea de forma parcial y simbólica, el restablecimiento de ese ideal. Ser abrazados, acariciados, abrigados, alimentados… alentados, elogiados. Incluso si esto no es posible, ser al menos agredidos o compadecidos ya que cualquiera de estas acciones es una forma de reconocimiento hacia nosotros como seres interdependientes de un entorno social.

Cuando existen carencias ambientales de importancia tales como la deprivación maternal, el abandono, la falta de contacto físico, etc. sea por las razones que fuera y en función de la gravedad, las reacciones van a ser de ansiedad aguda, de necesidad de amor, de sentimientos de tristeza, de miedo… estas emociones son demasiado grandes e intensas para las inmaduras posibilidades de control del niño y por ello van a constituir el consiguiente trastorno en su organización psíquica. Cuando esta deprivación es significativa afecta muy gravemente al desarrollo provocando el llamado trastorno reactivo de la vinculación que generalmente resulta fatal.

Un fenómeno similar se observa en los adultos sometidos a la privación sensorial. Experimentalmente pueden desarrollar una psicosis transitoria. Todo ello debido a que incluso a nivel biológico tiene repercusiones importantes ya que si el sistema reticular activador del cerebro no es suficientemente estimulado, pueden ocurrir cambios degenerativos en las células nerviosas. De aquí puede producirse una cadena biológica que lleve desde la privación emocional a la apatía, a los cambios degenerativos y, en última instancia, hasta a la muerte.

Es por ello que tanto biológica como psicológica y socialmente el hambre de estímulos es paralela al hambre de alimentos. Términos como nutrirse, estar saciado, empacharse, sobrealimentación, malnutrición,… valen para ambas esferas y la elección que haga el individuo va a depender del menú existente y de sus propios gustos e idiosincrasia.

A medida que el niño crece, el hambre primaria de contacto físico real se modifica y convierte en hambre de reconocimiento. Una sonrisa, una señal de asentimiento, una palabra, un gesto,… reemplazan a caricias físicas y sirven para que la persona se sienta alimentada. De esta manera la original necesidad de estímulos se va a transformar en necesidad de reconocimiento; o dicho de otro modo y en términos de análisis transaccional, en necesidad de caricias.

Este proceso de transformación va a ser el siguiente:

1º- Si el niño se encuentra en un ambiente adecuado, con abundantes caricias positivas incondicionales, donde los padres y el resto del grupo familiar tienen lo que necesitan tanto material cómo psicológicamente, aprenderá a estar bien y percibirá que sus padres también lo están.

2º- Pero si esto no ocurre, si el niño no percibe las caricias que necesita, las buscará; anticipará conductas que sean en su ambiente susceptibles de premio: será obediente, respetuoso, ordenado,… o de cualquier otra manera que “guste” o que sea conforme a los padres. Con tales comportamientos conseguirá caricias positivas, sin embargo estas serán a condición de hacer lo que los otros esperan y, por tanto, aprenderá a estar bien cuando realiza lo que quieren o esperan los demás.

3º- Si esta conducta adaptativa tampoco lleva a la consecución de caricias necesarias, el niño anticipará conductas susceptibles de castigo: será díscolo, opositor, sucio, manirroto,… y con ellas conseguirá caricias condicionales negativas que, al menos, son caricias y sirven para nutrir su hambre básica.

4º- Puede todavía ocurrir que también estos comportamientos le lleven al fracaso en su deseo de satisfacer su primaria necesidad de caricias; es posible que entonces enferme somatizando así su desasosiego interior, o puede que se lesione, o que tenga frecuentes accidentes,… tal vez de este modo consiga, al menos, caricias de lástima o de rechazo. Aprenderá así a estar mal porque es de esa manera como consigue ser visto o tenido en cuenta.

Ocurrirá además, que estos comportamientos se van a ir repitiendo porque no se ha llegado a ellos por casualidad, su desarrollo e implantación ha seguido unas leyes naturales, la repetición creará hábito y el resultado va a ser el anquilosamiento de una forma de ser, de estar y de conducirse por la vida. De esta manera, en virtud del tipo de caricias que una persona ha sido capaz de conseguir durante su infancia se va a fijar el procedimiento para conseguirlas durante toda su vida. Desde luego cambiaran las situaciones, las personas,… pero la necesidad básica subyacente y el mecanismo para satisfacerla será el mismo.

Fuente: http://www.cop.es/colegiados/mu00024/caricias.htm

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